INHABITABLE…

Traidores

INHABITABLE…

En medio de la penumbra –la real y la emocional-, los vecinos intentan rescatar algo de su patrimonio. Algo que un terrible sismo les ha arrebatado y que hoy, para algunos, se resume en una palabra: Inhabitable.

Es todavía de madrugada. Cinco y media de la mañana. En medio de la penumbra –no hay luz en la zona- se encienden de pronto algunas lucecillas al escuchar nuestros pasos. Son soldados del Ejército Mexicano que encienden y apuntan su linterna a nuestro rostro.

Unos de pie, otros sentados en las banquetas, unos más en puertas de edificios, vigilan y aguardan el amanecer.

-Una identificación-, piden, antes de dejarnos ingresar a lo que ellos mismos han denominado “la zona de desastre” de la Condesa.

Llevan ya varias noches en la tarea. Cada día toman mayor control de la zona. En pequeños grupos de seis u ocho, con sus brazales mostrando las siglas DNIII –el programa de emergencia militar para casos de desastre-, los soldados se ubican en cruces, bocacalles y no muy lejos de las cintas rojas que entornan edificios desplomados, o las amarillas ante construcciones en peligro de caer,

Sus charlas bajo el silencio de la noche apenas si llegan a susurros. Pero el tema es común: la tragedia del sismo. O como uno de ellos describiría elocuentemente: “el putazo” a la ciudad.

Pasamos cinco “retenes” antes de alcanzar el edificio en el que habitábamos. “Inhabilitado”, había sido el veredicto del primer peritaje que se hizo. A todos nos pidieron –exigieron- abandonar los departamentos.

Sólo un vecino desoyó el mandato. Permaneció en el suyo –aterrado ciertamente, pasando frío porque los ventanales se rompieron-, vigilando, cuidando sus cosas y los demás departamentos cuyas puertas quedaron abiertas de par en par, arrancadas éstas de sus marcos.

Se asomó –vive en el primer piso- al escuchar nuestros pasos. Nos platicó de lo angustiante que se había vuelto permanecer ahí. Le ofrecimos espacio. No quiso. Ir al albergue. Tampoco. “Este es mi lugar”, repetía el vecino (Chano) como si fuera un mantra.

Seguía la noche, las sombras. Nos sacudía el temor a escuchar la alarma sísmica de nueva cuenta. Nos preguntábamos con angustia: ¿seguimos subiendo o mejor nos vamos?

No éramos los únicos. Al salir de ahí minutos después con una maleta de ropa en mano, alcanzamos a ver a un par de vecinos de edificios colindantes. También ellos trataban de recuperar cosas que les eran esenciales o importantes.

Al igual que el nuestro, su edificio había sido declarado “inhabitable”.

Se formó un chat de vecinos. Cada uno quería llevar a un ingeniero, o a alguien de Protección Civil, para que hiciera un nuevo peritaje. Citas y citas para el lunes de esta semana, a ver si acaso… La mayoría son personas ya mayores de edad y cuyo departamento en la maravillosa Condesa es todo su patrimonio. Se resisten a aceptar lo que miran sus ojos y que hoy se resume en una sola palabra: Inhabitable.

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GEMAS: Y a fin de cuentas, la vida sigue.

 

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