Humor negro

Humor

Humor negro

Como suele hacerlo dentro y fuera de su espacio de origen, el diario español El País reportó sin miramientos un caso de linchamiento de delincuentes en México, fenómeno de “justicia” tumultuaria cuya frecuencia es resultado –resumió- de “la multiforme crisis mexicana del vacío institucional”.

Valga la referencia del diario ibérico porque de ahí se desprende que los crímenes de toda índole, manchados con sangre o rechinando de blancura como acostumbran mostrarlos quienes manejan el tesoro público –remember a Javier Duarte de Ochoa que se acomoda en ambos casos-, ya son como la reafirmación de la marca registrada que Francisco le impuso a México poquito después de haberse estrenado como Papa.

La visión que desde el extranjero se tiene de un país al borde de la histeria colectiva, porque las instituciones públicas solamente muestran su fortaleza para reprimir la inconformidad y encubrir los yerros gubernamentales y las marrullerías monumentales de gobiernos y sus amigotes, es compartida por quienes sufren a delincuentes sanguinarios y a funcionarios cerriles (y malhechores) por igual.

De refilón, exhibe en su exacta dimensión a un gobierno federal que se da golpes de pecho cuando, sin hacer nada por resolver, asegura que no es insensible ni omiso ante los casos de corrupción, o cuando desliza su espantosa versión de que en el país “no hay motivo para el mal humor social”.

La reciente y severa golpiza que usuarios del transporte público le propinaron en Ecatepec a uno de tres asaltantes en un autobús con destino al estado de Hidalgo, lo que propició su muerte y que motivó la cruda descripción del medio español, se dio casi de manera simultánea a la masacre perpetrada contra 11 miembros de una familia en una zona agreste de Puebla.

Desde la perspectiva gubernamental, ambos casos que no merecieron ni un lamento oficial, sabedor acaso el oficialismo que el fenómeno de las masacres cometidas en tierra propia es resultado de la ausencia de políticas comprometidas con la prevención de daños y la protección de la vida, ¿deben ser interpretados como expresiones de “buen humor social”?

Con todo esto, Ayotzinapa, la ley de la selva que priva en Guerrero, Tamaulipas, Veracruz, Michoacán, Morelos y con implacables repercusiones en el resto del país, incluida la flamante Ciudad de México tapizada de color rosa mexicano para simular preferencias personales y encubrir el rojo mortífero de una criminalidad desbocada, ¿de ahora en adelante también deberían ser hechos inscritos con letras de sangre en los crónicas del buen humor nacional?

En contraparte, la amnesia oficial sugiere que no hay mejor “consternación” gubernamental que la mostrada ante las masacres foráneas. Es entonces que agarra cuerpo la versión de que un gobierno empinado y obsequioso con el vecino, pero maldoso y déspota con su paisano, no es más que un gobierno farsante…

… y adicto al humor negro.

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