El nuevo AMLO de siempre

Morena con prisa

PENTAGRAMA.

Luis M. Cruz.

12 de julio de 2018.

  1. El país conoció, de un modo o de otro, lo que fue un triunfo contundente, inobjetable, del candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador. Hay una extraña alegría causada por el descalabro del gobierno en funciones, tras una derrota contundente en donde prácticamente no ganó distritos, senadurías, gubernaturas ni, desde luego, la Presidencia de la República.

Ni en los mejores tiempos del “carro completo” en el régimen de partido casi único se había visto tan definida la cuestión política. El Presidente Electo López Obrador tiene ahora la mayor votación histórica de presidente alguno, más de 30 millones de sufragios, el 53% del total, como también una cómoda mayoría en el Congreso, en el constituyente permanente (19 legislaturas son morenas) y cuenta con cinco gubernaturas y una más en disputa postelectoral, pero seguramente tendrá la aquiesencia de los restantes gobernadores, ávidos de establecer una buena relación con el gobierno federal, al final de cuentas dispensador de los recursos nacionales.

  1. La magnitud del vuelco le ha proporcionado al titular del Ejecutivo Federal una válvula de escape a la presión a que fue sometido durante su sexenio. Se ha tornado en un facilitador de la transición, en un respetuoso de las formas democráticas y en un adalid del terso cambio de gobierno. Hábilmente, el virtual presidente electo ha sabido tejer nuevas relaciones con los grupos y sectores sin buscar beligerancia alguna y simplemente asume su triunfo con tranquilidad, ofreciendo puentes, preparando el terreno y articulando equipo y programa, pero sin ceder un ápice en sus propósitos.
  2. Quienes le conocen saben que habrá de cumplir las promesas más visibles que hiciera: quitar la pensión a los expresidentes, el fuero a los políticos, vender el avión presidencial, no usar al Estado Mayor Presidencial e integrarlo al Ejército, desaparecer el CISEN; establecer el mando único y rearmar la estrategia de seguridad pública; trasladar las dependencias federales a los Estados, reorganizar la administración pública, reducir los salarios de la alta burocracia, cortar privilegios como gastos médicos mayores (todos al ISSSTE) y seguro de retiro; para con ello, generar ahorros que permitan duplicar la pensión de adultos mayores, dar pensión a los ninis, reducir el precio de la gasolina (quizá mediante un menor IEPS); abrir una o dos refinerías nuevas y reconfigurar las seis existentes; dos nuevas pistas en Santa Lucía, el tren transístmico de Salina Cruz a Coatzacoalcos y concesionar el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México. Al mismo tiempo, pacta con los empresarios la elevación del salario, el programa de aprendices y primer empleo, la estabilidad monetaria, el respeto al Banxico y una nueva relación con los Estados Unidos con Tlcan y toda la cosa.
  3. Toda una vorágine de proyectos, de propuestas con cierta viabilidad y acordes a una época nueva que se corresponde con el fin del neoliberalismo; que con alguna reserva de agencias calificadoras, el mercado y los empresarios son celebradas por la ciudadanía al ir en el sentido del golpeado ánimo de la sociedad más receptiva al imaginario que al realismo descarnado o cualquier venganza; que quería saber de cosas que se pudieran y quisieran hacer ante la mala imagen de un gobierno rebasado por la corrupción e insensibilidad ante las preocupaciones de la gente.

5. El nuevo AMLO en realidad sigue siendo el de siempre. Lo que ha cambiado es el tono en que lo dice; de ser rijoso y vociferante, ha pasado a ser omnicomprensivo y con lenguaje más amable, pero si se revisan con cuidado las 50 tesis del gobierno que ha presentado, sigue siendo el mismo, con las propuestas de un mayor Estado, el gasto y lo social que le caracteriza.

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